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como ayer fué la de atarse á su suerte. ¿Podía él impedirlo? ¿En nombre de qué ley, de qué razón, de qué fuerza? ¡No, no, y no! El también estaba fuera de la verdad, de la vida. ¿Cómo podía exigir de ella lo que, en caso análogo, hubiera repudiado en otros?
La escena terminó brutalmente, perdiendo el hombre en razón lo que ganara en violencia.
—¿Sería, al fin, como los demás?... Él mismo era quien se formulaba la pregunta. Y tuvo vergüenza de hacer lo que hacía.
III
Tres días habían pasado, tres días de dolor, de dudas horribles, de sombras martirizantes. El hombre razonaba pero no se entregaba á su destino.