En la mañana del cuarto día un hecho sospechado lo sacó de quicio. Ella recibió una carta perentoria cuyo texto quizo ocultar.
—¿Para qué? le dijo. Por él mismo lo hacía. Debía partir y él no indagar más. Dejarla, en una palabra, ejercitar su voluntad sin ponerle un obstáculo.
—¿Dejarla? Pero eso era resignarse al sacrificio, entregarse al dolor, á la desesperación, al martirio.
Tuvo otro ímpetu y corrió hacia la mujer.
—¡Dáme esa carta!
—Tómala.
—......
—Bueno... ¿Y ahora?...
—¡Ahora te quedas!
—¿En nombre de qué?
—¡De mi fuerza!
Ella rió nerviosa, agitada, casi con estruendo.
Y él viéndolo todo, abarcando en una gran mirada la inmensidad de su desastre, resolvió su destino con sus propias manos. Le asió el cuello, el cuello blanco y sin mácula, y, moderno Otelo, la ahogó sobre