rino bellamente varonil, es cierto, pero sin ninguno de los demás atractivos que parecían necesarios para servir de compañero de vida á una mujer tan admirablemente dotada como lo era aquella Laura, ave errante y libre, á quien por casualidad encontrara al llegar de arribada á un puerto mejicano.
¡Ay! ella misma no podía explicárselo. Aquel hombre se había adherido á su vida como el dolor á la carne. Y no podía desprendérselo. Así, cuando, desesperada, como una vaga impulsiva, á raíz de una escena brutal en que el borracho la golpeaba, ella salía huyendo de un lugar cualquiera, allá, á través del mundo, la sombra del barco de Carlos,—tétrica sombra,—iba siempre implacable, siguiendo al «transatlántico» en cuya velocidad Laura pusiera, momentáneamente, su destino. La encontraba para pedirle perdón y besarla de rodillas, tan servil é indigno, pasado el exceso, como indómito y terrible en la borrasca.
—¿Qué quieres de mí? decíale ella entonces. Separémonos de una vez, para siempre. Será mejor para tí y para mí. Esta gimnasia destruye demasiado. No podremos