ses consoladoras de Carlos: «moriremos juntos, prometémelo!...»
—¡Eres cobarde, Carlos! ¡No has de atreverte nunca! ¡Hiere! ¡Que el vino y la sangre deben hacer buena mezcla!
Cuando ella hablaba así, mirándolo fijo y firme, él sentía, allá en lo hondo de su ser, algo que le daba frío. ¡La mirada era tan firme y tan fija!...
—Es que, si tu no lo haces, adviértelo bien, díjole una noche, yo...
Cortándole las palabras, el pretendió someterla como otras veces, y, loco, delirante, levantó su mano.
Ella sintió que un vértigo le arrebataba. Atajó el golpe del bárbaro; subió á la altura del hombro el puñal morisco que le sirviera de corta papel, lo hizo cruzar, rápido, frente á los ojos de Carlos, y llena de ansias, lo hundió, hasta el anillo de oro, en pleno pecho blanco y velludo.
—¡Te lo prometí! Si mueres, partiremos juntos.—Y del cuerpo caído y sangriento arrancó el arma.
Altiva y fuerte, Laura volvía por su fiereza.