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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/141

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Escasa tarea hubo para la justicia. Aquel borracho, hermoso como un dios, tenía también su dignidad. Por eso, cuando ella declaraba la verdad, toda la verdad del crimen, Carlos, desde su cama triste, hacía recaer sobre él toda la culpabilidad del acto. La herida era obra de sus propias manos. Y ella, inocente.

II

Bella, tranquilla, llena de sol y aire tibio y vivificante, era la tarde en que Laura se dirigía, por última vez, hacia el hospital neoyorkino donde Carlos convalecía.

—Lo prometí y lo hubiera cumplido. Si