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III
Afirmada en su fiereza, al franquear las puertas del hospicio, Laura pensaba que aquella noche, al herir, no había herido á «su» hombre, sino á «un» hombre. No amaba ya. He ahí todo. Por eso la rebelión que allí fué castigo. Contra el ultraje, la puñalada. Veía sangre en sus manos y se decía melancólica: el amor no supo verterla. Indudablemente, no amaba ya...