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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/148

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ba, fresca y luciente aún, pero perdiendo una hoja cada día por los bulevares porteños.

—¡Todas eran iguales! pensaba él cuando en el gabinete reservado del café elegante, entre sorbo y sorbo de brebaje ardiente, acercaba sus labios de efebo, torpes y exigentemente jóvenes, á los dóciles y ejercitados de la manceba comprada.

—¡Todas eran iguales! Entonces ¿por qué había de proceder con ella en forma distinta á la que usara con otras? Terminó, pues, de darla besos y—como siempre, eso si ¡pobre muchacha!—pagóselos en buen oro contante y sonante.

Antes de separarse ella, como otras muchas, contóle cosas muy tristes en las que él no puso gran atención, á pesar de que la voz femenina adquiriera, más de una vez, el tono de las grandes sinceridades. Y cuando ella insistió en la orfandad de su vida, en su dolor sin consuelo, en su pena sin tregua, él no hizo otro gesto que el acostumbrado para todas estas emergencias, de las cuales se desea salir apresuradamente, tal como cuando en la calle os detiene un desgraciado con la ma-