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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/150

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concebible virginidad más ingenua que la revelada por aquellos ojos ¡Pobrecita! Miró y creyó en el fantasma.

A no ser que... Esto equivalía á decir: «á él nunca ó para siempre». Estaba perdida. Él, por vanidad ó porque sí, la gran razón, se dejó querer. Claro está que ella no exigió promesas, ¡Qué había de exigir la infeliz mendiga de cariño! Y amó ciega, loca, con fuerza única.

La arrastrada, la perdida, la perra de lupanar fué, después, un ejemplo de limpieza de cuerpo y de gentileza de espíritu de índole tan elevada que bien pudiera aprovechar á más de una coquetuela frívola é inocua de esas que abundan en los salones lujosos.

Pero ella daba lo que no podían retribuirle. Él no la comprendía, ni podía, ni quería, en último término, comprenderla. ¡Oh, dolor!