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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/154

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pincel, como los hay del verso, como los hay de la música. Y ella era una musa. Jamás en el pueblo había memoria de que cuerpos como el suyo hubieran pisado un salón de academia. Ese armazón era hecho para el baile. Había que verla con un acompañante diestro. La concurrencia, se detenía á admirarla. Mecíase airoso su cuerpo, entregado, en absoluto, como en un arrobamiento, como en una abstracción, al compás de una habanera ó de un tango, supremas síntesis de la voluptuosidad popular; ora, con gracia felina, arrastrábase quebrando en la más compadre milonga que hayan visto ojos de criollo; ya se alzaba, ágil, en el giro vertiginoso de un vals y era un ovación la que se oía al cruzar como con alas por el salón hecho cancha para que se luciese la moza: ó bien, con la intención aviesa de la hembra humana, en el requiebro de un gato, de un pericón, ó de una zamba exhibía, provocante, el busto, erguidos con altivez los senos que parecían querer libertarse rompiendo la prisión del escote.

Asistíamos al baile acompañados del mé-