dico y de otra persona amiga que deseaban hacernos conocer todas las peculiaridades de la pequeña población.
Vamos á llevarlo esta noche á presenciar un curioso espectáculo, habíanme dicho. Y cumplían su palabra.
Estabamos en la gran sala ó galpón. Muchas parejas, mucho ruido y gran movimiento. De pronto una aclamación. Los danzarines se detienen. Era ella, la reina. Llegaba sola, como siempre. Cien brazos se tienden. Ella sigue sin prestar atención, sin dar vuelta la cara, una vez siquiera, hacia el mostrador que se alza, allá, en el fondo. Llega y llama resuelta. Pide. Se le alcanza un vaso lleno. Lo apura de un sorbo, gira sobre sus talones y se cuelga del primer brazo que encuentra á mano. Se diría que ella iba allí como quien realiza un deber. Al enfrentarse á nosotros no puedo menos de lanzar una exclamación.—¡La bailarina está enferma! Lleva una venda, fina y fuerte, en el rostro. Tras la venda he sospechado algo horrible.—Un cáncer.... me dice el médico. Ocho meses de vida, apenas. Es enferma mía...
—¿Y porqué aquí, entonces?