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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/156

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El médico sonrie amargamente. Es su trabajo, agrega. Baila á tanto la pieza, como las otras. Con eso la infeliz mantiene á los hijos. Y, antes de que yo viniera á la localidad, pagaba al médico... Baila como nadie y la buscan á pleito. Pero no la quieren para otra cosa... Se diría que el dolor, que el hambre, le han enseñado.

—¡Vaya unos maestros de baile! digo formulando, mentalmente, la tragedia.

En ese preciso momento la cancerosa lucía sus habilidades en medio de la sala, circuida por casi toda la concurrencia. Nos acercamos á contemplarla. Era un delirio. Jamás danzante alguno puso mas entusiasmo en su tarea. Se emborracha bailando! dice un curioso á nuestro lado. Barajamos la frase en el aire. La intuición popular habia acertado, como siempre. Ébria de dolor aprendió á bailar. ¡Y ahora se embriagaba bailando para olvidar el dolor!

No sé porque cuando, al terminar la pieza, ella pasó ante nuestro grupo, moviéndose todavía con cadencia, recordé la figura de aquellos condenados que, haciendo contorsiones raras, marchan hacia el suplicio cantando locas canciones.