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—Andá y volvé. ¡Mirá que si te hacés la otaria otra vez te abro de un tajo!
Entonces, por las aceras tristes del suburbio que duerme, baja la pobre explotada á vender caricias en las calles alegres del centro urbano.
¡Allá va, montón de amargura, dolor condensado, pena jigante, llaga eternamente viva, á sumirse en el pudridero la carne esclava!
¡Queja siempre sofocada, lamento nunca oído, cómo te elevas en la noche buscando un refugio que no encuentras en el pecho del hombre, feroz siempre, garra en acecho, perpétuamente abierta sobre la flor sin savia