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III
-Prisioneros... Cuarenta indios... ¡Oh, la mar, la mar!... Contemos.... uno... uno... más otro... más... dos... uno... sí... son cuarenta y... uno... ¡va! no se puede contar... uno... ¡Haber el seno!...
Y el capitán borracho, con un jesto delirante, tiró un manotón al pecho de la india aferrándole una mama con tal fuerza que esta dió un grito mirándolo azorada.
-¡Haber el seno! El segundo manotón, más suave pero mal dirigido, no hizo sino rozar las carnes de la india.
-Capitán, el sargento espera órdenes. ¿Qué le digo? ¿Qué se hace con los indios?
Era el oficial de guardia quien interrogaba.
Entonces el capitán, como herido en alguna fibra muy íntima y á pesar de la embriaguez que parecía dominarle, se irguió