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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/160

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derosa, irresistiblemente. ¡Oh, cómo sentía latir en su pecho el amor al hermano caido! ¡Qué cantidad de dulzura la que rebosaba en su alma al pensar en aquel dolor lascinante, agobiador y terrible, presentido al travez de la mirada triste y mortecina del mendigo!

Sí, estaba resuelto, Él le hablaría haciendo deslizar en sus oídos las suaves palabras que la caridad, ese ángel bueno, le dictara. Y ¿por que no? Lo levantaría de la charca mostrándole el buen camino con índice seguro.. Sería la suya obra de regeneración digna de Cristo mismo. ¡A la acción, pues!

No opuso el mendigo obstáculo serio para la realización de tales fines. Claro está que él trabajaría, que haría lo posible por obtener el sustento propio.—¿Querían ayudarlo? Bueno. Consentia en ello. Sería hombre de bien.... Por su parte no había inconveniente.

Lo que extrañaba y conturbaba un tanto al poeta era esa falta de entusiasmo, ese gesto casi indiferente, rayano en frialdad, con que el joven mendigo acogía la solicitud de sus ofrecimientos.