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Es cierto que él aceptaba todo, la protección inmediata, cariñosa, casi impulsiva, con que se le obsequiaba; pero lo hacía con un dejo tal de resignación, de abandono intimo, de desesperanza profunda que el poeta se sintió herido en sus sentimientos y vaciló un instante presa del estupor.
-¡Cómo! se decía. ¿De qué pasta está formado este hombre único que así, pasivamente, rechaza su redención? Porque para él era un rechazo aquella actitud extraña en la que un fino y experimentado observador hubiera entrevisto una convicción profunda de lo irreparable.
II
Dilucidado el punto, el poeta guió al mendigo hasta el camaranchón, con ínfulas de restaurant, donde solía almorzar y en donde gozaba de crédito y, mas que todo, de