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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/165

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titud del mozo no les daba pié ni entrada en su intimidad.

Y esa actitud desconcertadora había concluido por desesperar al poeta. ¡Jamás un rayo de júbilo en esos ojos! ¡Nunca una sonrisa en esos labios! ¡Siempre, en el gesto, la misma desesperanza! ¡Y ese silencio!...¿Por qué?

Un día....

Reunido estaba el grupo de íntimos rodeando la mesa grande del comedor. Se charlaba vivazmente, terminado el almuerzo. El poeta, como siempre, era el alma de la reunión. De pronto, con sus útiles de limpieza bajo el brazo, apareció el muchacho recogido en las calles hacía ya horas...

Juan, su segundo protector, discreto hasta ese instante, sintióse dominado por un ímpetu de imprudencia. Le llamó y, á boca de jarro, le espetó tres preguntas seguidas que obtuvieron una sola respuesta.

-¿Estás contento?

-¿No podrás negar que te hemos transformado en un hombre?

-¿Ni decir que la caridad es mala cosa?