La contestación del muchacho fué una evasiva.
-Si señor, así será...
Juan, visiblemente incomodado, miró al poeta. Este hizo un movimiento nervioso que el amigo interpretó como un deseo de saber la verdad, toda la verdad.
Entonces interpeló al muchacho con rudeza. Le dijo:
-¡Pero tú no eres un imbécil! ¡Habla, por Cristo! ¿Dudas de la caridad?
El muchacho se irguió todo entero y habló dejando caer las palabras, una á una, como si fuera sacándose del fondo de su ser un peso enorme, -cuatro mil kilos de angustia,-con el cual ya no pudiera.
-La caridad, dijo, sí, la caridad es una buena cosa... Por mi ha hecho lo que por nadie.... ¡Y á mi me ha hecho sirviente!
Y se alejó con todo el aire de un hombre que quisiera huir hasta de si mismo.
En la mesa no reia nadie. El poeta estaba rojo de vergüenza.
Ahora, solo ahora, sabía la verdad; toda la verdad...