gre y me ponía ciego de rabia. Yo creía que los hombres, los que mandaban, eran todos malos, que nosotros, los que sufriamos, eramos todos buenos y que contra esas cosas no había remedio. Hoy, en cambio, sé que ellos, los que á su antojo hacen leyes, son unos pillos y nosotros, los que sin decir nada aguantamos, unos sonsos.
-¡Y, bueno! Hay que conformarse; así tendrá que ser, no más.
-Es claro. Y como ellos saben que nosotros, los de abajo, nos hemos de conformar, no más, apretan las clavijas que es un gusto. ¡Hasta que estalle la cuerda!
-¿Que querés, entonces? ¿Hacer como Moreira y pelear á la autoridá?
-¿Y porque no? Pero con más conciencia que él, porque Moreira peleó como yo lo hubiera hecho cuando veía una injusticia y me ponía ciego de rabia. Peleó sin pensarla...
-¿Así es que hoy vos sos más todavía que Moreira? Mirá que ese pa mi que ni esistió, apesar que hay quien diga que lo ha conocido....
--Bueno ¿pero vos crees que yo eissto?