Esta página no ha sido corregida
—179—
nombre, que es mío. ¿No es asi? Bueno. Suponga usted, ahora, que yo soy dueño de una moneda de cobre. ¿Estamos? Si. Pues bien, suponga usted que á mí se me ocurra tirar á la calle esa moneda. ¿Tenía derecho? ¿Podía hacerlo? Sí. Pues, exactamente: yo he tirado mi nombre á la calle, porque era mío y he hecho con él lo que con la moneda.
-Eso no puede hacerse. Es un delito condenado por las leyes. ¡Ya verá usted!
-¡Lo vé! contestó Robles. Y se le nubló la frente. ¿No le decía?
—¿El qué?
-Que yo no tengo nada, señor. ¡Ni nombre, siquiera!... Pero ahora reclamo un número.
-¿Un qué?
-¡Un número, he dicho!....
Y lo abrió de una puñalada.