á nadie, pero como yo sabía que el hábito no hace al monje, y como también conosco cara de angelitos capaces de matar á la madre; y como sé otras muchas cosas que ahora me callo porque quiero, me embarqué no más, largándome con viento fresco para caer aquí, á esta gran ciudá, donde ustedes me tienen más embromado que nunca, y rabiando como una vibora porque nos han engañado, mareándonos como á perdices.
Imajinense que nos dijeron que veníamos para un trabajo muy liviano, muy fácil, y que nos pagarían lo que quisieramos porque aquí no había gente desocupada. Y bueno. Llegamos y -¿qué se creen ustedes?-nos cargaron con bolsas de setenta kilos, mesmito como á burros, y vean, no es mentira, yo estoy medio deslomado, tengo las carnes reventadas y casi no puedo moverme. El primer día trabajamos once horas. Como no estamos acostumbrados á este trabajo, cargabamos mallas bolsas y los capataces nos retaban. ¡Jué pucha! ¡que estrilo! Y lo pior de todo es qué enseguida no más supimos que nos habían traido para que reemplazaramos á otros trabajadores alzados en huelga