terior que se revelaba en los rostros de aquellos hombres, reunidos con el fin de encontrar la forma de obtener la derogación de una ordenanza municipal que los perjudicaba. Esta ordenanza imponía al gremio cocheril de la gran ciudad el pago de un nuevo impuesto, con el agravante de que se les exigía el uso de una libreta y de un retrato, exactamente como á los rufianes y prostitutas. ¡Era un colmo!
Había que protestar, bravamente, contra esta vejatoria imposición sostenida por el capricho, la terquedad, de un pobre ente ensoberbecido, intendente fantoche que no vio nunca más allá de la punta de sus entecas narices.
-¡Abajo la libreta! ¡Abajo el retrato!
Y sobre la mesa de la comisión organizadora de aquel movimiento cayeron, hechas pedazos, en blanca lluvia de papel, los pequeños libros acompañados del negativo revelado, que días antes un grupo de conductores recogiera en la oficina respectiva. Nuevos aplausos estruendosos y nuevos gritos estentóreos conmovieron la atmósfera de la sala.