Pero algo había en el semblante de aquellos hombres que expresaba lo inexpresable. Algo que era así como el gesto de disgusto de una vaga aspiración no satisfecha; algo que el observador sagaz podía traducir por el reflejo de una idea en embrión, gesta inconsciente de un pensamiento no concretado todavía, casi no formulado aún, en gérmen, que esperaba un rayo de sol que lo fecundara, una caricia de luz que, en la placa cerebral, lo fijara definitivamente.
Por eso al aparecer, fuera de la tribuna oficial, el orador revolucionario, hubo un momentáneo silencio anunciador de cosa, en realidad no esperada, pero, si, instintivamente presentida.
-Seré breve. No he venido aquí con la única intención de aumentar el número de los que gritan, comenzó el orador.
-¡Abajo la libreta! ¡Abajo el retrato! interrumpió alguien.
-No tengo libreta que romper, ni retrato que borrar, continuó frio, impasible, casi glacial, con voz tan severa que atrajo de golpe la profunda atención de los huel-