De un empujón, como al descuido, la india hizo rodar la espada que cayó sin estrépito como si no tuviera por que dar ninguna voz de alarma á su dueño.
—¡Tu vida cristiano, quiero!.....
—¡India mia!...
Y rodaron en un abrazo sobre el lecho de tierra duro y lustroso.
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-¿Quiéres que te hable, cristiano? Uno es cuarenta ¿sabes?-dijo la india antes de la caricia suprema y extendiendo la mano empuñó la espada caída.
-¡India mía, india mia!... balbuceó el capitán en vísperas del espasmo.
-Uno es cuarenta ¿sabes?-volvió á decir la india haciendo un ademán brusco.
Después un alarido y un sollozo.
De un solo tajo, con su propia espada, acababa de dejarlo eunuco.
En ese momento un trabucazo resonó hondo en la noche haciendo estremecer la Pampa.
¡Uno es cuarenta, bárbaro!.....