guistas. Todos vosotros, estoy seguro de ello, habreis roto la libreta y borrado el retrato; pero también, estoy seguro de ello, conservais la librea. ¡Abajo la librea! debería ser, pues, la voz que saliera, impetuosa, de vuestro labios, como fruto de una idea bien madurada en vuestras huertas intelectuales. Mientras no tengais el corage de destrozarla ¿para que afanaros en romper aquello que no representa si no la parte más superficial, el detalle más mínimo de la verdadera cuestión, del único problema? ¡Que haya un artículo de menos en vuestro reglamento no quiere, no, decir que dejeis de ser sirvientes, que dejeis de ser lacayos! El asunto está, entonces, en dejar de ser sirvientes, en dejar de ser lacayos. Eso representa, para mi, destrozar la librea.
Algo más arguyó el orador revolucionario en pró de esta idea, y en medio de una intranquilidad elocuente,-esta vez el vocablo es irreemplazable,-dió término á sus palabras.
Al poco rato la asamblea pensativa se disolvía en silencio.