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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/211

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ca, la pujanza de sus músculos y la entereza de su ánimo. La policía, confiando en la audacia y la sorpresa, tentó un golpe de mano para disolver la reunión y, á no ser por la actitud heroica del Hércules, á buen seguro lográralo sin grande dificultad. Allí, en la puerta del salón asaltado, casi solo, porque hasta era un peligro combatir á su lado, puso á raya á los salteadores uniformados blandiendo sobre sus cabezas y, á guisa de masa, un banco de madera.

El enemigo huyó, maltrecho, excepto un oficial criollo, el jefe de aquella banda, quien, revólver en mano y sintiendo despertarse en él todo el instinto de guapeza heredado de sus abuelos, esperó, á pié firme, al Hércules en el terreno que creía conquistado. Avanzó el héroe y sonó el primer disparo. Todos creyeron ver: la bala había dado en pleno pecho: pero el héroe siguió su camino en derechura al sayón. Éste, sin inmutarse al parecer, hizo girar el tambor del arma y otro fogonazo incendió el aire. Los circunstantes volvieron á ver; la segunda bala acababa de encontrar idéntico alojamiento que la primera en el pecho del Hércules que