frágil en apariencia, sèvres viviente. Tal era ella, la novia del coloso. Al evocarla uno imaginábase verla quebrarse, hacerse pedazos en sus descomunales manos. ¡Pobre figurita!...
Cómo aquella porcelana animada, aquel ser delicado de contextura endeble, había fijado sus picarescas pupilas en el armazón formidable, en la estupenda fachada de aquel gigantón terrible, pese á su sonrisa permanente y bondadosa y á las condiciones excelsas de su corazón magnánimo, fué cosa ignorada hasta hoy. Bástenos saber que ella le amó porque el amor tiene cintas para medir todos los cuerpos y rodearlos con lazos fuertes, así sean ellos más anchos y más elevados que el del mismísimo Atlante.
Retraídose había el Hércules de todos los sitios adonde solía encontrarse con los amigos y camaradas. Tiempo hacía que su enorme presencia no animaba las reuniones obreras donde antes fuera infaltable, ni los cafés adonde entraba como en casa propia saludado y admirado por la mayoría de los parroquianos. En cuanto á los compañeros de taller tampoco sabían palote de su vida.