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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/218

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tonces cosas incoherentes, sin hilación para los otros, vacías de sentido. De pronto guardó silencio. Fué aquel un momento solemne. El Hércules miró á sus amigos, dejó caer la copa que iba á llevar á los lábios por vigesima vez, hizo una mueca lenta, tan lenta como horrible y rompió á llorar. Parecía un lobo con lágrimas. Aquellas no eran lágrimas de hombre. Le creyeron borracho pero no se lo dijeron. El cariño hacia él podía mucho; tanto que, por una rara sujestión, llegaron á creerse ya borrachos todos. ¡Cuando el Hércules lo estaba!... ¡Pero no! Él, serenándose, explicó el fenómeno. Aquel estado provenía del dolor sentido por él al no poder entregar su vida en holocausto á las ideas de redención humana por las cuales luchaban todos. Si, él había soñado, en más de una ocasión, entregar su vida, su miserable, su triste, su despreciada vida, en bien de la causa y el porvenir. Su dolor estaba, pues, en eso. ¿Podían encontrar fuera de lugar aquel sentimiento? ¡Oh, él lo sabía! Todos, todos los compañeros lo abrigaban con más o menos fuerza. Y pasó á otro tema.