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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/219

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Antes de terminar la comida pidió, en reserva, á uno de sus amigos, el más joven, se hiciera cargo de un dinero que le sobraba, después de descontar todos los gastos de su viaje. Ahí lo tenía; se lo entregaba para ser distribuido entre los periódicos, de propaganda revolucionaria en el mundo. É indicó nombres y ciudades. París, Madrid, Londres, Ginebra, Buenos Aires. Él no tendría tiempo,-el vapor salía temprano,-y pedía aquello como un servicio. Terminado el encargo volvióse á beber á charlar. Se estaba en los postres y el Hércules no había casi probado bocado. Eso sí, bebía por diez, febril, casi desesperadamente. De pronto, y como si se apercibiera de algo importante, dijo, más para él que para los que le escuchaban: si continuo bebiendo no podré embarcarme luego. Y reaccionando:

-¡Mozo! café.

Divagóse un rato más, tocáronse otros temas de escaso interés y la velada dióse por terminada. Eran las doce de la noche. Y eso, para hombres de trabajo, para obre-