ros de taller, equivalía á haber perdido como minimum dos horas de sueño.
Ya en la calle y como obedeciendo á un acuerdo tácito, todos acompañaron al Hércules hasta su casa. Sin fundamento, al parecer serio, una especie de presentimiento triste cerníase sobre el grupo y á ninguno le pareció extraña la resolución tomada por el más joven: permanecer al lado del Hércules hasta el día siguiente, por si era necesaria su presencia antes del embarque.
Aceptada la resolución realizóse la des- pedida exigiéndose noticias prontas del fu- turo viajero.
Este contestó afirmando y confundiendo en un grande abrazo todos aquellos pechos de amigos leales.
-¡Salud, compañeros!...
Desde el umbral el Hércules dirijía su último saludo sellando el rostro con su habitual sonrisa pero esta vez más llena de bondad y misterio.