reconstruir la escena ocurrida durante su ausencia y en esta forma.
Ya solo el Hércules, y una vez terminada la tarea á que lo dejara entregado, se había erguído, tan alto como era, dando tres pasos hasta llegar á su mesa de luz de donde sacara el arma que aún conservaba en la mano rigida; recostóse en la cama y, sereno, quizá sonriendo bondadosa, misteriosamente, apoyó el cañon de acero en la sien despejada. Después sonó el tiro que no oyera nadie y el cuerpo, por un movimiento convulcivo, había ido rodando así, hasta el pié de la mesa donde estaba sangriento ante sus ojos atónitos y preñados de lágrimas ardientes. ¡Pobre Hércules! ¡Tan bueno, tan generoso, tan exesivo, tan grande de veras! ¡Y cómo le habia engañado! Pero ¿por qué? ¿por qué? ¡Qué horror! ¡Qué tristeza! ¡Qué maldición! ¡Qué injusticia! ¡El Hércules muerto y por su propias manos! ¡Sí, allí estaba! ¡Era él el Hércules, aquel su noble amigo, esencia pura de humanidad, luz de vida, muerto, muerto! Quizo salir huyendo pero un sentimiento íntimo le detuvo frente á la mesa donde, minutos antes, le dejara al parecer