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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/224

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lleno de alientos, exteriorizando su dolor, fijando sus pensamientos postreros.

Las cartas del suicida eran tres. Intimas y tan misteriosas como su sonrisa. ¿Por qué se mataba?

Sus cartas, impregnadas de ternura todas, no lo decían. Parecía que su intención final era la de llevarse el terrible, el formidable secreto. Y á fé que nadie lo hubiera desentrañado si él mismo, con anterioridad, no lo hiciera redactando su propio epitafio. En uno de los cajones yacía un manuscrito que el amigo curioso desempolvó: producto soy del esfuerzo de muchas generaciones; en mi acaba la extirpe. ¡Hasta aquí dijo natura! Soy la expresión más alta de mi linaje; pero en mi acaba la raza; los Hércules no dejan descendencia; impotentes son... Así yo.

Y el amigo, evocando los ojos picarescos de la novia enlutada,—la figurita de sévres, delicada y frájil,—quedó convencido de que el Hércules acababa de caer aplastado por su propia impotencia.

¡Y así todos los Hércules!...