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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/226

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buscan un coche donde meter sus maltrechas figuras; temerosas obreritas que, rápidas, bajo las gruesas gotas, marchan esperanzadas ¡ay! vanamente, en llegar á sus talleres sin estar hechas sopas; viajeros de tranvías descubiertos á quienes las cortinas, empapadas, golpean cruelmente el rostro; y, por fin, niños y perros vagabundos que solo se atreven á detenerse sobre un umbral, al abrigo-¡misero abrigo!-de algún portalón de Banco ó de casa rica, sin temor esta vez de que el portero verdugo les rompa una costilla de un palo por insolentes y sucios.

Ibamos entre los pasajeros de un tranvía, Via Paseo de Julio. Y fué al llegar á una de las esquinas centrales que, puestos en la disyuntiva de optar entre la espada, que en este caso era el vehículo abierto, y la pared, optamos, sin titubear, por la pared. Nos echamos al río, pues, es decir, á la calle, y, de tres saltos, como nuestros, estabamos bajo la vieja recoba bonaerense sacudiéndonos el saco para evitar la caladura.

En la calzada, frente mismo á nosotros,