estaba un hombre sentado. A nuestro alrededor había otros muchos esperando á que la lluvia disminuyera sus ímpetus. Oí decir á uno de ellos:-¡diablos! en ninguna ciudad del mundo cae el agua como en esta! ¿Conocería nuestro hombre otras ciudades? Todo puede ser.
En seguida fíjome en el hombre sentado. No sé que de extraño le encuentro.. Fijome nuevamente. Ahora los rasgos de su cara me producen una impresión dolorosa. Me parece que ese hombre sufre. Acércome. ¿Qué tiene? interrogo. ¿Por qué hace esas muecas tan raras? Los músculos faciales movíansele como azogados. ¿Qué le pasa? El hombre me contempla un instante. Después—¿quiere saberlo? dice en tono brusco.—Sí.- Bueno, déme tabaco primero. Saco un cigarrillo. A todo esto algunos curiosos se han acercado. Ninguno de ellos, hasta ese momento, había reparado en el hombre que sufría...
Este ha deshecho ya el cigarro y masca el tabaco, todo el tabaco, como si fuera un pan. Acto continuo se para ante nosotros. Mira ¿Hay en él algo de terriblemente trá-