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oir el acento del viejo era más terrible, si cabe, que ver su llaga.
Di vuelta. A mi alrededor no quedaba nadie. Estaba solo con el enfermo. ¡Nadie! ¡Nadie! ¡Nadie! ¡Todos huian! Mientras, la herida continuaba al aire, como una bandera de odio, de rencor que no muere, que no puede morir ya.
Entonces pensé que de ella salian, en multitud, las ondas fétidas que el viento de la tarde llevaba, presuroso, hacia los cuatro puntos cardinales de la gran ciudad.