su material contingente. Ellos, cada uno constituía una columna dolorosa. ¡Qué el edificio pesaba y los hombros, los pobres hombros no presentaban mayor resistencia! Y carga, pesada carga también era él para aquellas columnas que á quebrarse empezaban. ¡Oh, bien lo comprendía el mísero cuerpo presa de la epilepsia!
El pobre niño pálido deteníase á meditar y, fronte à frente de la vida, argumentaba.
-¡No puede ser! decía después; y, al lanzar el grito, erguía la frente altiva agitando hebras de oro sobre el cuerpo enteco.
Entonces era cuando las sombras, trágicas y crueles, se arremolinaban formando tormenta, y, al sacudir el cerebro, podía vérseles á través de los ojos, cristales puros, dar pábulo á un pensamiento. A un pensamiento enorme, muy grande y muy negro, con bordes rojos.
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