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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/234

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II

Sobre la mesa donde él había atado el arma para poder degollarse con el propio peso de la frente altiva, las hebras de oro flotaban sobre la sangre humeante que alcanzaba á manchar la plana amarillenta donde el pobre niño había escrito su última cláusula. El testamento del suicida era corto. Era una síntesis puesta en una palabra, síntesis que yo he descifrado. Decía: Goethe!...