estrellas, astros errantes y sangrientos que cruzaban el cielo de América dejando estelas rojas. La sangre fecundaba los campos. Con la sangre la idea.
En el alto de una batalla cayó prisionero del español implacable un oficial criollo. Grande y hermoso, ojos serenos, aire decidido, tanto que, al andar, parecía ir exclamando: conmigo va el pensamiento.
Al anochecer el rebelde fué interrogado.
-¿En nombre de qué fe, de qué esperanza de qué luz, de qué fuego, los nativos locos se habían entregado á aquella lucha sin cuartel, ni otra recompensa que el deshonor, el vilipendio ó la muerte? ¿Y él, en particular, porqué? ¿Era acaso hombre de fortuna? ¿Algún estanciero rico? Porque la guerra la hacían ellos, es decir los industriales comerciantes, ambiciosos de resistir á la gabela española, sin otra mira que la del mayor lucro. Pero ¿caerían en cuenta algún día? ¿Patriotas, ellos? ¡Bah! ¡Patrañas! Especuladores sin conciencia que jugaban con la sangre del pueblo azuzando á los cándidos contra el poder invencible y legal, sublevando brazos de infelices y de víctimas, ha-