ciendo á un lado toda clase de escrúpulos, borrachos de mando y de riqueza. ¿Rebeldes? ¿Y contra quién? ¿Conqué fin? Acaso, aun en el supuesto imposible del triunfo insurreccional, los levantados en armas no se encontrarían mañana bajo una dominación más humillante, más perjudicial, más oprimente?
El rebelde callaba y sonreía. Y bien, parecía decir su sonrisa escudada por su silencio: fusiladme de una vez y suprimid, por estériles, todos vuestros razonamientos de déspotas. Soy lo que véis y algo más. . . . Evitáos el saberlo porque en tal caso habríais de fusilarme dos veces.
-¿Un traidor acaso? . . . .
Una mirada, penetrante y aguda como el acero de un sable, interrogaba á la sonrisa. Diríase la agudeza del soldadote polizonte estrellándose contra la serenidad del enigma.
La sonrisa continuó á flor de labio produciendo la desesperación, la ira, en el pecho del soldadote, por cuya boca salió, atropellado y torpe, el insulto del impotente.
El rebelde contestó el insulto con una mirada en cuyos rayos había conmiseración y