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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/250

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marles tierra con fuerza y tesón. Dóme usted. Voy á enseñarle.

Mi maestro ha guardado su petaca y con el cigarro en la boca, echando humo en grandes nubes, penetra en el cantero en cuyo centro estoy azada en mano.

-Aprenda, señorito. Y con una energía que nadie hubiera sospechado en su cuerpo fino, puro nervio y músculo, hunde la azada en tierra. Con cuatro grandes golpes que se dirían exactamente iguales, rápidos y seguros, ha formado una montaña alrededor del tallo del tubérculo, que, bajo la cúspide de aquella, desaparece dejando sólo asomar fuera de tierra la copa de la planta.

-Va á sofocarla, me atrevo á decirle al ver las proporciones diminutas á que quedan reducidos los hace un momento gallardos gajos.

-¡Quiá! ¡No diga usted! Si esto es la vida para ellas. Con la tierra así conservan las raíces frescas. Y ahora aunque no llueva en un mes... Ya verá como sale el fruto abundante aquí no más, cerquitita de la mano, que la tierra está muy movida, muy