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-Bueno, vaya lo uno por lo otro ¡qué diantre! exclamo tratando de sacudir aquella onda melancólica que ha hecho presa del maestro, y pretendiendo, ingenuamente à la verdad, infundir en su ánimo lo que sin duda posible él posée en dosis infinitamente mayor que yo: la esperanza.
A todo esto, y con la ayuda de otra azada, maestro y discípulo hemos terminado la tarea de arrimar tierra á las papas.
III
-¿Y ahora, maestro?
-¿No está usted fatigado?
-Absolutamente.
-Entonces, á puntear aquí. ¡Vengan las palas!
Hace siete años que nadie toca esta tierra. Sobre ella han crecido yuyos con ím-