¿Porqué no? ¿No sería aquél un español pasado á los sublevados? El caso era digno de la mayor atención. ¿Porqué no investigar antes de tomar la última determinación? No era lo mismo matarle como á enemigo dignificándole, que exterminarlo como á traidor execrando su memoria. . . .
Llegó á ofrecérsele la vida por una palabra. Entonces el enigma se hizo más impenetrable. Cesó la sonrisa y el labio noble exteriorizó la idea.
El rebelde aquel era un símbolo. Había batallado ofreciéndose, entero, en holocausto á un principio. El era el abanderado de la libertad: peleaba en los campos de América contra el poder español hoy reinante porque ese era el obstáculo presente, la piedra inmediata cuyo derrumbe se hacía necesario para que el río de agua dulce y fecunda se esparciese en el mundo. Hoy el español, cruel y retrógrado, empecinado en sostener dogmas falsos, era el enemigo. Mañana lo sería el criollo estanciero y logrero, ese á quien se aludía con frase agresiva y mordaz. Y bien, mañana el abanderado de la libertad ofrecería su espada para hacerla brillar en