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los aires siempre en nombre de su misma fe, de su misma esperanza, de su mismo fuego, contra ese nuevo tirano, contra ese nuevo déspota, contra esa nueva sombra. Esa espada era la que, á golpes de luz, iba esculpiendo el gran monumento cuyos brazos gigantes amparan la vida librándola de dolores.
Le escuchaban absortos. Aquel oficial hermoso, sonriente y sereno, de verba brillante y fúlgida, no era un enemigo sino el enemigo. Encarnaba la idea.
El oficial murió esa noche. No el enemigo...