En el norte de la argentina, dos caudillos -almas atravesadas decían las buenas gentes- se hallaban empeñados en una lucha sin cuartel. Caían sus secuaces entregando impávidos sus vidas al monstruo de la guerra civil, como racimos maduros á manos del viñador.
Después de un dia de horrendo combate los dos bandos adversos habian continuado peleando en la noche, arcabucéandose en valles y montes como si las sombras hubieran aparecido solo para aumentar el caudal de rencor hirviente en sus almas.
El aspecto presentado por el campo de batalla era desolante y terrorífico. Moribundos que rugían su derrota por diez heridas, diez bocas hechas por el acero ó el plomo, -se peleaba hasta morir, nadie caía para levantarse,- caballos reventados, vientres abiertos, tripas al aire ostentando colores de banderas entristecidas por el tiempo y las lluvias, rostros desfigurados por el terror ó la cólera hasta dar la impresión de cosas de pesadilla; cuerpos rígidos conservando aún las actitudes altivas del postrer momento á causa del hueco de piedra ó el