montículo de tierra donde por coincidencia se refugiaron ó apoyaron como para quedar muertos y amenazando al vencedor; lanzas rotas, testigos mudos de fiereza que decían de brazos nervudos y de rábias inestinguibles; regueros de sangre como caminos de carnicería, que hablaban, á los ojos de los sobrevivientes, de destrucciones y vértigos, de mundos convertidos en mataderos por la ignorancia y la crueldad, al mismo tiempo que de venganzas satisfechas, ya que la muerte llega siempre colmando deseos ó defraudando esperanzas.
Allá, abrazado á un enemigo, en un último esfuerzo de resistencia, el trompa de órdenes de uno de los bandos había caído al pié de un barranco con la corneta empuñada á guisa de sable. Los dos combatientes, rotos sus huesos en los cantos de las piedras con que tropezaran en su caída, yacían como muertos cuando las estrellan comenzaron á parpadear con más premura en el cielo, anunciando el día. Tres horas habían pasado desde el choque brutal y el silencio más profundo envolvía á los dos enemigos que, antes de morir, junto con la aurora, hablaron.