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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/34

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-Hermano, dijo el trompa.

El soldado ensayó una contestación que salió de sus labios, secos y ardientes, como un silvido. Después articuló algo:

-Hermanos..... sí... en la muerte, se oyó clarito.

-La corneta.... ahí está.... á tu lado.... quiero tocar la diana.... mi última diana.... mirá... viene la aurora.... hermano... hermano.... la corneta.... mi última diana....

El otro hizo un movimiento y lanzó un quejido. Una costilla astillada le acababa de salir por cutre la piel. Y no habló más. El dolor le ahogaba la voz. Pero haciendo otro esfuerzo, el supremo, empujó la corneta y se quedó mirándola como diciendo: moriré escuchándote.

-¡Gracias, hermano!...

Y el trompa moribundo, echado de espaldas, tomó el instrumento y entonó la diana, su última diana, dirigiéndola al sol que nacía, un sol de apariencia extraña, de color enfermizo, en cuyos rayos trémulos él creyó ver un símbolo: en los campos de América, decía el símbolo, no volvería á salir ese sol para