Una hora haría que ambos enemigos marchaban por entre un pajonal. La fiebre que sostuviera hasta entonces á los soldados habíales ofuscado al extremo de no darles conciencia del peligro. Si alguien pensó en una emboscada en realidad no la temió, tanto era el deseo de encontrar un obstáculo de verdad que alterara la monotonía de aquella persecución á un fantasma.
Momentos artes un baqueano había sostenido con el jefe un diálogo significativo.
-¿Adónde estamos?
-En el pajonal grande, al sur del Quequen.
Y el baqueano, como si el dolor común le diera una confianza desconocida hasta ese instante, agregó en tono de camarada:
-Aquí á de haber indiada escondida. Sería mejor hacerse á un lao y aguaitar.
Y esta fué la única vez de alarma, el solo aviso previsor, la nota exclusiva de prudencia, dada entre aquellos hombres ansiosos de un combate reparador que diera término á una situación más inquieta y desesperante aún que el choque cuerpo á cuerpo con el enemigo.