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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/47

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IV

—¡Baqueano Ramírez! gritó de pronto el jefe, haciendo hacer alto ante la indiada y el gauchaje que huían.

—¡Ordene, mi jefe!

—Como Vd. ve la columna se dispersa de nuevo. ¿Dónde cree Vd. que podrá rehacerse esta vez?

—¿Quiere que le hable con franqueza?

-Diga Vd.

—Bueno. La persecución ha concluído, mi jefe. Si aquí no hay indios es porque éstos van á prenderle fuego á los pastos.

El baqueano era gaucho también y sabía de estas cosas.

—¿Usted cree?

—Que si es así van á quemarnos vivos.

—¡Hay que ordenar retirada, entonces!

—Será inútil, mi jefe.