eternos manejados, carne sangrienta siempre, cosa, instrumento ciego hasta hoy, se erguirían, por fin, reclamando su puesto de hombres haciendo fuego contra la oficialidad. Y ahora silencio, mutismo de muerte hasta el momento trágico. ¡Ya verían entonces quienes eran los pobres soldados, máquinas que no sabían otra cosa que obedecer á la orden, al capricho ó á la absurdidad de los jefes, según todos!
Por otra parte ya estaban escarmentados.
¿Se había acaso nunca tenido en cuenta sus opiniones al comprometerse? La oficialidad decía sí y basta. Después, en una noche triste, en silencio, como á los muertos, se los sacaba del cuartel y al combate. Al que no marchaba, ya se sabía, el más guapo de los jefes lo daba vuelta de un sablazo y asunto concluído. Pasaban sobre el cadáver que servía de escarmiento y el hecho no volvía á producirse.-¡Pero esta vez!....
Que los gobiernos eran malos ¿quién lo ignoraba? Sí, eso no tenía discusión; todos eran malos; ellos, los eternos manejados, lo sabían mejor que nadie. Poro entonces ¿para qué cambiarlos? Al fin y al cabo venían