se dió la orden de marcha y con el asombro consiguiente no fué ésta en dirección al puerto sinó á la estación del ferrocarril que quedaba á la izquierda.
¿Qué significaba aquello?
Por la mente de los soldados cruzó, veloz, la idea del engaño. Pero una vez más la disciplina los contuvo y al toque de corneta obedecieron.
Bajo la aurora allá van las tropas, máquinas de muerto, á través de la Pampa cuyos colores claros se confunden con los brines grises de los trajes. Al rato las bayonetas brillan reverberando á un sol que amenaza ser de fuego. Ni un rumor turba el monótono paso de los hombres armados y sin que un principio de cansancio asome á sus ojos, antes de una hora hacen alto al pié mismo de la estación ferrocarrilera con los pies frescos por el rocío de la noche acumulado en los pastos y la cabeza caliente por los primeros rayos del sol concentrados en sus kepíes.
En la estación les esperan con malas noticias los miembros de la junta revolucionaria de la localidad. Los telegramas llegados