-¡Se van los guapos!-gritó de pronto el sargento Pereyra al ver saltar al tren con agilidades felinas al primer oficial.
-¡A las armas, muchachos! ¡Preparen!
El tren arrancaba, pesado pero seguro, cuando sonó la primer descarga dirigida por el terrible sargento. Los pasajeros se arquearon sobre los asientos y echáronse de barriga en el suelo para dejar, por si acaso, libre de carne humana el camino de los proyectiles. Después el convoy empezó á perderse en la Pampa. La oficialidad estaba en salvo.
—¡Malaya el destino! ¿Y ahora?
La voz del sargento se alzaba dominando la escena.
En el andén de la estación el grupo formado por los miembros de la junta revolucionaria parecía una mancha, una sombra. fijada, detenida allí en el mismo centro, diríase en conglomeración de espanto.
-¡Fuego á la junta! – atronó el sargento apuntando á la sombra con el cañón del mauser.
-¡Fuego! ¡Fuego!-contestó la montonera llenando el espacio con el alarido.